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Los colores de nuestros besos


Félix Arbolí [colaboraciones].-

Se ha iniciado un nuevo año y he notado nuevas sensaciones en mi vida. Hay veces que escalaría el Everest con una sonrisa y otras que me siento dominado por una rara sensación de dejadez y falta de interés. A ratos leo chistes y veo historias prodigiosas y otros me sumerjo en la poesía, que es mi bálsamo preferido.

La que más refleja mi manera de pensar y sentir, porque soy un romántico incurable desde mis primeros años de pubertad. Mi amiga y admirada paisana, Sandra Aguilar, a la que en unión de mi mujer conocí personalmente en mi último viaje a Chiclana, publica un mensaje sobre la importancia del beso y más aún de saber besar, que no es empresa fácil aunque lo parezca.
Ella y su comentario han sido los que me han movido a dedicar mi artículo al beso en sus diferentes facetas y colores. Porque aunque no lo crean, cada beso tiene, como Sevilla, un color especial.

Están los besos blancos, inmaculados, sin el menor atisbo de fingimiento y obligado cumplimiento, que es el beso a la madre y sobre todo el de la madre. No hay acción más llena de ternura, de un  amor que nunca se extingue y de abnegación total que el de la madre.

La representación más hermosa y plena del inmenso valor de la mujer en nuestra vida. En ese beso solo hay pureza, mucho cariño y una enorme dosis de darnos su vida en cada uno de ellos, aunque ya peinemos canas, porque para una madre siempre seremos sus críos, la parte más íntegra y hermosa de su propio ser.

BESOS AMARILLOS, GRISES Y VERDES

Están los besos amarillos, que son los que damos por compromiso y a desgana, aunque intentemos fingir, a esa persona que por algún motivo no nos cae bien, pero por razones sociales e hipócritas hemos de “osculizar”  A la vecina chismosa y repelente; a la mujer que nos presentan y no nos empatiza  por algún detalle que descubrimos, pero por respeto hemos de disimular y besar aunque sin la menor efusión.

Un simple roce en su cara, rápido y casi en el aire. El que se dan las “amigas” que han de tolerarse, pero que en el fondo se caen como si le dieran un tremendo pisotón en el dedo gordo del pie. Éste es muy habitual entre damas de alta sociedad y esmeradas costumbres. Los de clase normal e inferior no son tan dadas a estos fingidos “cariños”.

Existe también el beso  gris, que es el que se da a la señora que nos presentan y que ni nos cae bien ni  mal. Besarla no nos significa nada afectivo, simple protocolo y señal de respeto. Seguir las reglas sociales al uso. Es el que ha sustituido al anterior beso en la mano, poco usual en nuestros días. 

El beso verde es que se da a la mujer que se está “amando” impulsivamente y acabada  la acción, se pierde todo interés en ella. Solo nos deja un variable estado de ánimo. Normalmente, las profesionales del amor no se dejan besar por sus clientes. Para ellas, sí debe tener mucho  significado.


BESOS ROSAS Y ROJOS

Seguimos con los besos rosas. Escarceos y efluvios que en plan de tentativa, lanzamos a nuestra pareja para ir reconociendo el terreno y pasar a la acción con el convencimiento de que se va acertar en plena diana. No hay cosa peor que un corte en seco, cuando ya creíamos  ganada la batalla. Son esporádicos y  espaciados,  para ir comprobando las reacciones provocadas e izar o desplegar las velas según nos indique el viento favorable o desfavorable. A veces, es un  preludio maravilloso y ansioso del siguiente.
 
El rojo es el beso más importante de todos, en cuanto a emociones provocadas. La expresión más  hermosa y sensacional del amor, la pasión, el deseo y la ansiosa preparación para el acto más placentero e incomparable de la consumación de nuestros sentimientos. 

El que se da en los labios, entrelazando nuestras lenguas y dejando que escapen y penetren en nuestra pareja esas ardientes pasiones y amores que nos consumen y producen deliciosos cosquilleos. En él volcamos sin reservas todo el amor, delirio, ilusión y emociones que hemos ido acaparando junto a ese ser, que ya es dueño absoluto hasta de nuestra propia vida.

Un acto estremecedor y fascinante, que nos lleva a intentar consumar lo que sentimos y deseamos más que nada en este mundo. Beso rojo de pasión, de sangre, de fuego, de purificación de nuestras miserias y de figurarnos por un instante lo que se puede asemejar a ese paraíso del que todos nos hablan, aunque nadie haya vuelto para confirmarlo. No hay persona que haya sentido estas sensaciones y pueda olvidarlas mientras viva. Y cuando se ama de verdad, los años te debilitan, pero la pasión sigue latente y poderosa en tu mente y en tu ánimo.
 
BESOS MORADOS Y NEGROS

El beso morado es el más triste y doloroso. Se suele dar en señal de condolencia y solidaridad a la persona que acaba de perder a un ser querido, en un inútil, pero meritorio intento, de aliviarle y darle a entender que queremos compartir con ella su tremendo dolor. Es un beso de amor fraternal, sin otra intención que aliviar las penas de esa persona a la que queremos y desearíamos borrar de su vida  tanta tragedia.
 
He dejado para lo último el beso negro. El de los mafiosos, sicarios y asesinos a sus víctimas. Suele ser un beso que quiere aparentar fraternidad y  lleva implícito la muerte y las más aviesas intenciones hacia la víctima que en ocasiones se percata de su significado. El más nefasto de todos, que ha quedado como ejemplo de traición y maldad en la Historia, es el beso de Judas a Jesús, para poder  señalárselo a sus verdugos. Es tan negro como el alma del que lo da.
  
Bécquer, mi poeta favorito, lo dijo con claridad en unos versos que se han hecho inmortales: “Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; por un beso, yo no sé lo que te diera por un beso”. Nadie pudo describirlo tan magistral y sencillo a un tiempo.


4 comentarios:

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