Mientras las dos Españas se pelean, hay una tercera España que sufre las consecuencias
Félix de
la Fuente [colaboraciones].-
Todos
estábamos de acuerdo con que la transición había tenido, al menos, una cosa
buena: había hecho olvidar los antiguos rencores entre las dos Españas. Ahora
se nos dice “hay que tener presente el pasado
para que no volvamos a cometer los mismos errores”. Me parece bien,
aunque me suene a consejo paternalista. Pero esto no quiere decir que tengamos
que cometer los mismos errores para tener presente el pasado.
Más bien,
hay que tener muy presente las cosas buenas para no abandonarlas. Y lo que
jamás se puede hacer es remover las ascuas de rencor y del odio, teniendo en
cuenta, además, que el 99% de los españoles no hemos vivido ese pasado de odio.
En estos
cuarenta años de democracia, a pesar de las grandes injusticias que reinan en
nuestro país, hemos dado los españoles un salto cualitativo en el campo
económico y social. Pero en los últimos años se ha quedado en un salto en el
vacío. Los privilegios y excepciones que, dadas las circunstancias especiales
de nuestra incipiente democracia, deberían hacer sido algo provisional y
limitado en el tiempo, se han convertido en lo normal en nuestro país.
Si la
democracia se caracteriza porque todos somos iguales ante la Ley, cualquier
privilegio o excepción es antidemocrática. A mayores privilegios, menos
democracia. Ya podemos aducir argumentos regionales, históricos, sacrosantos o
incluso divinos, los privilegios dentro de una sociedad o de un país son
siempre antidemocráticos, pues distinguen entre ciudadanos de primera, los
privilegiados, y ciudadanos de segunda, los que pagan los privilegios.
En vista
de esto, ¿tenemos democracia en España? Dicho más directamente, ¿somos
demócratas los españoles? Si formulo la pregunta, es porque tengo mis grandes
dudas. Y que no se froten las manos los diferentes nacionalistas periféricos,
pues la situación que existe en sus regiones no es mucho mejor.
SIERVOS
Puede ser
que ellos se sientan como los señores feudales de la Edad Media y nos traten a
los demás españoles que no somos nacionalistas, como a siervos de la gleba,
pero ellos son, a su vez, siervos de la gran burguesía nacionalista. No, los
españoles ni somos iguales ante la Ley ni nos sentimos iguales.
En primer
lugar, ya nos dividimos entre buenos y malos, según seamos de izquierdas o de
derechas, o, viceversa, de derechas o de izquierdas. Claro que los que no nos
sentimos ni de izquierdas ni de derechas, somos malos por partida doble. Los
españoles, también nos dividimos en independentistas y no independentistas. Y
no hace falta ser un lince para ver que la Ley no nos trata por igual a unos y
a otros ni en Cataluña ni en Baleares ni en el País vasco.
Nuestra
democracia -unos porque consentimos los privilegios y otros porque los
disfrutan- deja bastante que desear. Es curioso que los españoles, siendo uno
de los pueblos más solidarios del mundo, sea, políticamente hablando, gracias a
sus dirigentes un pueblo egoísta, insolidario y lleno de odio y de rencor. Esto
último no es algo que me esté inventando. Lo estoy viviendo. ¿Qué hemos hecho
para tener estos dirigentes? No culpemos a nadie. Hemos sido nosotros los que
los hemos elegido.
Mientras
los políticos se pelean y nos enseñan a pelearnos, nadie se cuida de los
verdaderos problemas del país, y las consecuencias las pagarán otros: los que
no encuentran trabajo, los que no tienen vivienda, los que harán cola en las
listas de espera, los que tendrán que emigrar a otros países en busca de un
sueldo o de un sueldo digno... y un largo etcétera.
¡Recordar
el pasado no significa repetir el pasado!
(Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.
(Antonio Machado)
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